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Los avatares de los pequeños comerciantes de la frontera colombo-ecuatoriana

Una odisea que vincula el contrabando y la práctica del “rebusque”.

Dairo SÁNCHEZ MOJICA

10 / 2005

Camila vive en La Estrada, un barrio que se encuentra en el occidente de la ciudad de Bogotá (capital de Colombia). El proceso de urbanización de este lugar ocurrió a medidos del siglo XX por parte de sectores populares. Antes de la urbanización, en la zona había varios humedales. Los cuales fueron rellenados para construir viviendas. Esto hace que las casas sean bastante húmedas y frías. Los libros y revistas que son propiedad de los habitantes de la Estrada son fieles testigos de esta situación, pues sus hojas amarillentas y onduladas dejan entrever los estragos de la humedad. Los propietarios de las viviendas viven generalmente en la segunda planta de la casa, en donde la humedad prácticamente no se percibe, el primer piso la alquilan a otras personas. Camila vive en uno de estos húmedos primeros pisos. Tiene cuatro hijos, ya mayores, y en la actualidad trabaja como secretaria en una empresa de mantenimiento de zonas verdes. Las cosas no siempre fueron así. Camila es una de esas personas que han tenido que “rebuscarse la vida”. Es decir, que han buscado varios oficios que le permitan ganar dinero para mantener una vida medianamente digna. Ella ha tenido negocios de comidas rápidas, tiendas y cafeterías de colegios; ha vendido ropa y ha fabricado accesorios para carros, alimentos tradicionales de la cocina colombiana como tamales (alimento típico a base de maíz envuelto en una hoja de plátano) y lechonas (cerdo relleno de arroz, arveja y carne). Se ha adaptado a las diferentes situaciones por las que ha pasado para conseguir dinero y mantener a su familia, es lo que se conoce como la labor del “rebusque”. Una de esas aventuras de rebuscadora que ha vivido Camila tiene que ver con el comercio internacional, a pequeña escala, por supuesto. Veamos en que consistió esta experiencia, la cual nos llevará al pasado de la vida de Camila.

Camila vivía en la ciudad de Bogotá con su esposo, sus cuatro hijos y sus suegros. Era una familia numerosa. La familia decidió viajar a la ciudad de Armenia (Capital del departamento del Quindío, en la zona central de Colombia) para buscar nuevos horizontes y oportunidades de trabajo. Cuando llegaron a Armenia abrieron una tienda en el barrio La Isabela, cerca al estadio de fútbol de la ciudad (El Centenario). Su esposo y su suegro se dedicaron a trabajar como conductores de rutas escolares. Sin embargo, al poco tiempo su suegro se enfermó y tuvo que abandonar el empleo. Se vieron obligados a vender una de las camionetas que utilizaban para transportar a los estudiantes y, más pronto de lo que pensaban, los acecharon las deudas. Ante esta situación tuvieron que idearse una nueva forma de conseguir dinero, pues la situación económica no era la mejor. Entonces, William, un primo lejano, les contó que traer mercancía del Ecuador era un buen negocio. Hicieron las averiguaciones necesarias y se enteraron de que en la ciudad de Calí (capital del departamento del Valle del Cauca) habían caravanas de comerciantes que viajaban rumbo al Ecuador para traer mercancía. Ellos se propusieron traer ropa de Ecuador. La caravana se conocía como “el tour de las merqueras” (en referencia a las mujeres que viajaban a comprar mercancía). Camila viajó con su esposo a la ciudad de Calí para hacer el contacto y dirigirse al Ecuador. Afortunadamente Camila tenía una hermana, llamada Gloria, en esta ciudad. Ella les ofreció hospedaje en su casa mientras se embarcaban en la caravana.

Para hacer el contacto tuvieron que hablar con Luz Marina. Ella era la persona que organizaba el viaje. Antes de que arrancara el bus en el que iban a viajar, Luz Marina elevó una oración para “encomendar el viaje a la virgen”. El bus se dirigía rumbo a la ciudad de Pasto (capital del Departamento de Nariño), debía ascender por la cordillera de los Andes rumbo al país vecino. En algún lugar de este trayecto Camila empezó a percibir la belleza del paisaje andino: las altas cumbres, los picos nevados, los abismos y defliaderos. “Eso sí para que, el paisaje era muy bonito”. Sintió que se encontraba en el imperio del rey de los Andes, en los dominios del cóndor. Aquella tierra le recordaba Boyacá (Departamento de Colombia), la región de donde provenía su familia.

En el bus empezaron a circular rumores de que se aproximan a un lugar conocido como el “boldo”. Los secretillos señalaban que se acercaban a una zona de influencia guerrillera que despertaba los temores de los comerciantes, porque varias caravanas habían sido asaltadas allí. No se tenía muy claro si los asaltantes eran guerrilleros o delincuentes comunes. El caso es que a los comerciantes los asaltaban y esto era suficiente para que el temor apareciera en los rostros de los de los integrantes de la caravana. Camila no sabía que esto era así. Pero algo sospechaba, porque en la ciudad de Calí le habían recomendado consignar la plata que llevaba para comprar mercancías en una cuenta de Davivienda (entidad financiera colombiana), para que la retirarla en la ciudad de Pasto. Hablando con sus compañeros de viaje pudo enterarse de que los comerciantes más antiguos habían desarrollado diversas estrategias para evadir a los asaltantes. Algunos escondían la plata entre sus zapatos. Ciertas mujeres hacían paquetes de dinero envueltos con gasa y se las ponían en la entre pierna.

Afortunadamente la caravana no fue interceptada por los ladrones y pudo llegar a Pasto (Capital del departamento de Nariño, en el sur occidente del país). Hay que decir que muertos del susto, pero sin mayor inconveniente. En Pasto se enteraron de que el bus que iba delante de ellos había sido asaltado. A los pasajeros los habían despojado del dinero y de sus objetos personales. Camila pensó que de algo había servido que se hubiera rezado a la virgen para que protegiera la caravana. En la ciudad no paró la zozobra, pues el volcán Galeras, a cuya sombra se encuentra la su lugar de destino, estaba en peligro de erupción, en la ciudad había una constante lluvia de cenizas, lo que indica una fuerte actividad volcánica. Sumado a esto, Camila no podía acostumbrarse a la gastronomía de la región. Le producía repulsión la comida que comúnmente se consumía, que era Cuy asado (roedor de legión andina).

En el interior de Colombia se tiene el imaginario de que los pastusos son algo lentos. Camila rápidamente pudo percatarse de que esto no era cierto. Los pastusos sabían que en el interior se tenía esa imagen de ellos y se aprovechaban para sacar ventaja de la situación. Camila fue timada más de una vez por esta razón. Según ella, los comerciantes de la zona se valían de aquel imaginario para cobrar más por los productos que le vendían. Luego de que los comerciantes comieran en Pasto la caravana siguió su ruta hacia la ciudad de Ipiales (ubicada en la frontera colombo-ecuatoriana). En Ipiales debían dormir para pasar la frontera al otro día. Camila recuerda que la mayoría de personas se quedaron en una habitación compartida donde había muchas camas. Algunos comerciantes dormían con personas desconocidas para economizar dinero. Para ella esta circunstancia era muy incomoda. Entonces decidió alquilar una habitación para ella y su esposo. También recuerda que el frió era terrible y que las cobijas eran tan pesadas que al día siguiente se levantó cansada por el peso de ellas.

Al otro día fue en compañía de su esposo a comprar la mercancía en Ecuador. Las casas por donde pasaba le parecían muy antiguas. Ella comentaba que eran casas “como de la época de Bolívar y Manuelita Sáenz” y se imaginaba a los ejércitos del libertador cruzando por aquellas comarcas. Para comprar mercancía debían cambiar los pesos (moneda colombiana) que llevaban por sucres (moneda ecuatoriana del momento en que se desarrolla la historia: 1987). El sucre estaba tan devaluado en ese momento que cuando cambiaron los pesos la plata no les “cabía en los bolsillos”. Luego debían cruzar a pie la frontera. El punto que señala la frontera es el puente Rumichaca. La gente pasaba constantemente por el puente llevando y trayendo mercancías. Desde allí podían verse los escarpados caminos que transitaban algunos indígenas cargueros, con bultos llenos de mercancía atados a la frente en unos casos por un cinturón de cuero y en otros por cinchas elaboradas a base de fique (fibra natural con la que se elaboran sogas). Ellos se abstenían de pasar por el puente para que los policías de la aduana no les revisaran la mercancía. Camila pensaba para sí misma que “la explotación que sufrían estas personas era muy grande”, pues eran como animales de carga. Finalmente realizaron sus compras y subieron de nuevo al bus.

Ya en el camino de regreso Luz Marina les advirtió a los pasajeros que “los chulos tenían un reten” (el chulo es un ave de carroña de la familia del buitre, se dice de las personas ladronas). En ese momento Camila se enteró de que a los policías aduaneros les decían “los chulos.” Luz marina tuvo la idea de que si los policías veían el bus vacío no los iban a detener. La caravana se dispuso a desarrollar el plan de la organizadora. El bus se detuvo y los pasajeros se bajaron de él. La táctica de evasión consistía en que ellos se fueran caminando hasta un caserío (pueblo pequeño) llamado El Pedregal. Allí se encontrarían con Luz Marina, con el conductor del bus y con su preciada mercancía. Eran como eso de las siete de la noche. Les tocó “meterse entre el monte” y caminar todos juntos hacia el punto de encuentro. Había comerciantes que venían tomando aguardiente durante el viaje y la nueva aventura no fue un impedimento para que ellos continuaran con su francachela. Uno de estos comerciantes, que estaba ya borracho, sacó un arma, hizo un tiro al aire y lanzó improperios contra los policías. Sus compañeros de caravana lo persuadieron de que guardara el arma porque podría llegar a perder la mercancía y delatar al grupo. En ese momento, alguien le comento a Camila que dentro del grupo había personas que traficaban con armamento y que esas cajas “que parecían como de tiza” eran en realidad municiones. Camila estaba muy asustada, pero ni modos había que seguir adelante. Luego de la caminata nocturna llegaron al Pedregal, “donde sólo habían cantinas y burdeles.” Con tan mala suerte que la policía había detenido el bus y había decomisado la mercancía. Luz Marina le dijo a Camila que había una opción para recuperar su mercancía. Debía “encontrarse en un motel con los chulos para negociar la devolución”. Lo que en otras palabras significaba que debía prostituirse con los policías para recuperar la mercancía.

Camila se negó a aceptar el trato y tuvo que tomar otro transporte para que la llevara, junto con su esposo, a la ciudad de Calí. En esta ciudad su hermana Gloria tuvo que prestarles dinero para que tomaran otro transporte hasta Armenia. Luego de toda esta odisea, ya en su casa, Camila se enteró de que la mercancía podía recuperarse en la ciudad de Pasto, si se pagaban los impuestos del caso. No obstante ya era muy tarde para hacerlo. Camila perdió su mercancía y tuvo que dedicarse nuevamente a buscar un oficio para conseguir dinero y mantener a su familia.

Mots-clés

droit au logement, échange commercial, micro finance


, Colombie, Amérique Latine, Engativá

dossier

Intégration régionale au Chili, Colombie et Mexique

Commentaire

La dinámica del contrabando está asociada, en algunos casos, a la necesidad de ciertas familias por conseguir una fuente de ingreso que les permita salir de las dificultades económicas. Estas personas se lanzan a una aventura llena de riesgos e incertidumbres que puede conducir a la perdida de su mercancía y de la inversión que se hizo sobre la misma. El contrabando es un fenómeno que es diferenciado. Es cierto que existen grandes asociaciones de contrabandistas, pero también lo es que hay personas que recurren a este medio para sustentar sus necesidades básicas. En este sentido, el fenómeno del contrabando debe leerse desde la perspectiva de las condiciones sociales y económicas que hacen que la gente se embarque en dicha empresa, no sólo desde una óptica jurídica. La circulación ilegal de mercancías en Latinoamérica puede estar relacionada con las condiciones sociales que los pobladores tienen que vivir términos de dificultad de acceso al sector laboral o a condiciones de vida dignas. El contrabando implica una circulación de flujos mercantiles que desbordan el plano de lo meramente económico y vinculan motivos profundamente vitales. Razones que se convierten en el horizonte de sentido que hace que dicha experiencia sea posible. De este modo se evidencia que la circulación de flujos en la frontera no es sólo material sino también simbólica. Entrecruza diferentes sujetos que arrastran tras de sí unas historias de vida y que se ven convocados a un propósito común: trasladar exitosamente la mercancía de un país a otro y ganar algo de dinero en el intento.

Aunque generalmente se vea el contrabando como un fenómeno dañino para las economías nacionales, es importante estudiar a fondo las causas y motivos que conducen a las personas a realizar esta práctica comercial. Una política que aborde este problema en América Latina supone un tratamiento que permita a las personas comprometidas en el fenómeno acceder a otras formas de trabajo que les garanticen una vida digna. Así como una estabilidad que haga que sus vidas no se centren en el “rebusque”, sino en un oficio concreto y sólido.

Notes

Esta ficha fue realizada en el marco del desarrollo de la alianza metodológica ESPIRAL, Escritores Públicos para la Integración Regional en América Latina

INTEGRACION REGIONAL, COMERCIANTE, INTERCAMBIO COMERCIAL, MICROFINANZA,

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