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Conclusiones Tentativas sobre la Participación Juvenil

Federico M. ROSSI

02 / 2005

Activación política: causas individuales y societarias

Como hemos visto en los documentos que componen este informe, y en un nivel de análisis individual, los jóvenes se activarán con más frecuencia ante causas concretas vinculadas autobiográficamente, donde puedan realizarse ambas simultáneamente. Lo que se plasmará en cuatro diferentes combinaciones modélicas (empíricamente admisibles de articulación):

1. Por la realización personal como asistencia a los otros (Beck, 1999: 14; generalmente este tipo adoptará el voluntariado);

2. Por una problemática personal;

3. Por interés profesional;

4. Por el deseo de experimentar con su propio cuerpo ideales y principios que sostienen.

Sin embargo, debido a que la condición juvenil no es un ente autónomo del entorno y clivajes sociopolíticos que definen los conflictos de una sociedad, los jóvenes también se activarán políticamente ante coyunturas críticas donde los sujetos interpreten que se definen de forma radical los fundamentos básicos de la humanidad (o nación) y/o sus modos de vida (presentes y futuros) en el tiempo presente.

También, en base a lo analizado en el capítulo tres podemos agregar que si son coyunturas críticas las que activan la participación juvenil, cuando hablamos de la movilización social, existen cuatro circunstancias genéricas que con más frecuencia los desmovilizan:

1. Los ciclos de protesta, con sus picos descendentes;

2. El logro del objetivo que movilizó y/o el fin de la percepción de amenaza (no siempre el cierre de un período de movilización es producto de apatía o fracaso);

3. La rutinización de la protesta o su “esclerotización en convención” (Tarrow 1997) perdiendo su valor disruptivo. Esto fomenta la percepción de que el cambio no es abrupto y en tiempo presente, sino un proceso largo y que puede incluir negociaciones de cúpulas;

4. En muchos casos (no estudiado en el informe), la fuerte represión o persecución estatal.

La política institucional frente a las juventudes

Otra de las pautas que caracterizan a las juventudes actuales es su rechazo a participar en la política institucional (partidos, sindicatos, etc.), pero no por ello se oponen a la participación social y política en general (por ej., según Mokwena y Dunham [1999: 3] en los Estados Unidos un 72% de los jóvenes encuestados participan en actividades comunitarias o asociativas). Como dice la directora de la German Children and Youth Foundation:

Ahí [en Alemania] tenemos una contradicción. (…) es cierto que la gente joven cada vez menos está organizada en organizaciones. Está descendiendo el número de miembros en las grandes organizaciones juveniles. En el pasado, estas organizaciones eran vistas como las garantes de la participación juvenil. Pero, más y más la gente joven se va fuera de estas grandes organizaciones, y se organiza para sí mismo en grupos informales.

La contradicción es que… si les preguntas, están extremadamente listos para tomar alguna responsabilidad e involucrarse, pero no en estas viejas estructuras. Sienten muy fuertemente que estas viejas estructuras no son más (…) buenas estructuras para estar realmente involucrado (Heike Kahl, entrevista).

Este dilema o contradicción en el que se encuentran las instituciones políticas que durante la matriz clásica estructuraban y definían las identidades políticas y los conflictos societarios, lleva a algunos a afirmar que

Todos –las élites institucionales no menos que la juventud- parecen presentir que esta política de abstinencia unánime, practicada de forma consecuente, plantea (al menos en el milieu europeo de democracia inclusiva), tarde o temprano, la cuestión del sistema (Beck, 1999: 13).

Aunque es posible que pueda presentarse este dilema en el contexto de Europa Occidental, como en Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y algunos pocos países más. En el contexto del Sur Global, la abstinencia generalizada preocupa menos de lo que tranquiliza a las élites políticas. La abstinencia política (institucional o no) en regiones de fuerte exclusión social, económica, cultural o política, asociada a una regresión estatal, más que cuestionar al sistema, evita que éste eclosione por sobrecarga de demandas.

Al margen de este debate, lo que es una pauta común entre las juventudes del mundo es el rechazo a la política institucional y sus actores clásicos por excelencia, lo que nos ha llevado a formularnos la siguiente pregunta: ¿porqué los nuevos movimientos sociales resultan más atractivos que los actores clásicos para los jóvenes activos políticamente?. La respuesta parece hallarse en que los movimientos sociales establecen más que ninguna otra forma de acción colectiva una conexión directa con aquellas dimensiones de las que dimos cuenta más arriba.

Los movimientos son un instrumento que habla por medio de la acción. No es que no hablen palabras, que no usen consignas o envíen mensajes. Pero su función como intermediarios entre los dilemas del sistema y la vida diaria de la gente se manifiesta en lo que hacen: su principal mensaje es el mero hecho de que existen y actúan (Melucci, 1996: 7).

Es decir, los movimientos sociales se presentan como aquellos actores que parecen reunir las cualidades que las juventudes activas políticamente encuentran como motor de su activismo:la posibilidad de ver en tiempo presente acción y resultados de la participación política y/o social. Como dice un joven de Kenya al preguntársele cuál es su interés o expectativa cuando participa o se involucra en actividades políticas: “Espero ver los resultados tomar forma…” (Mjomba, entrevista electrónica).

¿Existe la organización ideal para los jóvenes?

Igualmente, al hablar de movimientos sociales, nos estamos refiriendo a una multiplicidad de actores y por tanto de formas organizativas. Es por ello que en los trabajos que componen el capítulo dos se ha analizado la mayor multiplicidad posible de formas organizativas y escalas de acción.

Como vimos en el estudio de los casos, no es posible afirmar que exista una organización ideal para la participación de las juventudes. En este punto de nuestro análisis, es claro que el modelo de organización o agrupamiento más efectivo para el involucramiento de las juventudes depende de una multiplicidad de variables que deben ser simultáneamente consideradas. No es cierto –como muchos afirman- que el tipo de institución más efectiva sea la descentralizada e informal. Este tipo de agrupamiento resulta atractivo para jóvenes que se agrupan bajo principios filosófico-políticos donde la experimentación de estos formatos resultan su leitmotiv. También es un formato que es propio de las tribus urbanas, aunque es improbable que estas carezcan de jerarquías.

En cambio, hay organizaciones, redes o movimientos que resultan atractivos para los diferentes jóvenes, dependiendo de los intereses biográficos-profesionales, sus historias de vida, la coyuntura donde se insertan (sus clivajes políticos, los ciclos de protesta y los ejes que detallamos en la sección precedente), el interés por experimentar con el cuerpo sus principios y valores, los antagonistas y problemas globales e inmediatos que reconozcan.

También vimos que las redes estudiantiles, la familia (incluso como transmisor del interés por el activismo y la política) y la Internet resultan los canales que más frecuentemente los acercan a las organizaciones y el activismo; pero que su acercamiento y permanencia en el círculo “duro” de la organización no está directamente relacionado con la burocratización de la organización (si no hay algún impedimento por principios), sino por otras variables:

1. La posibilidad de autorrealizarse en un “ida y vuelta” con la construcción de un mundo mejor (o el enriquecimiento de la organización);

2. El poder ver resultados de las acciones que se impulsen, en una organización que resulte pro-activa y con propuestas “concretas”; y

3. El respeto y preeminencia de la alteridad del sujeto, no debiendo renunciar a ella por el colectivo.

La relación entre el activismo y el desarrollo biográfico-profesional es sumamente importante como factor de atracción y de permanencia. Puede incluso actuar como disparador vocacional. Este factor es el que más favorece el acercamiento al círculo “duro”, y su permanencia está también relacionada al despliegue simultáneo de las variables recién mencionadas. Igualmente, también vimos que es necesario reconocer diversos alcances de participación, los cuales resultan importantes en diferentes circunstancias y para “cubrir” diversas tareas que requiere cualquier organización. En este sentido, a su vez notamos un nuevo tipo de participación, el e-activismo, reconociendo sus atributos específicos (Los Movimientos Transnacionales y el desafío del E-activismo: El caso de Amnistía Internacional).

Por un lado, en los casos de los grupos autonomistas y las tribus urbanas hay un deseo de agruparse con pares para expresarse en códigos y lenguajes propios, en un ser con los otros. Por otro lado, en todos los casos los jóvenes no buscan ser reconocidos políticamente como “juventud”, y –excepto por las tribus y grupos autonomistas- buscan ser incluidos como pares, imbricándose en la telaraña institucional y social donde viven y participan. Como dice un joven de Filipinas:

Yo no veo un tal mundo adulto opuesto a un mundo juvenil. [En] Mi experiencia como director ejecutivo en el Consejo Multisectorial [de la ciudad de Naga] (…) trabajo con ancianos, granjeros, pobres urbanos… Entonces para mí es más un proceso de aprendizaje compartido: yo aprendo con ellos, ellos aprenden conmigo (eso espero) (David, Panel IYF 14th Annual Meeting, Buenos Aires, octubre de 2004).

En todos los casos enfatizan que la condición juvenil es transitoria, y la participación juvenil no es reconocida como un fin en sí mismo. Para algunos es un medio para la formación futura, en otros directamente resulta irrelevante. En todos los casos (incluidos los grupos autonomistas y las tribus urbanas) la condición juvenil no estructura la participación política.

También es importante reconocer en todos los jóvenes una reconceptualización del compromiso que implica la participación. Esta ya no representa un deber, no se es fiel a la organización. La fidelidad es a la “causa” y a los principios individuales. Las organizaciones y colectivos son canales, si estos dejan de ser eficientes o pierden alguno de los atributos que atraía, no creen que tenga sentido sostenerlos y/o permanecer en ellos.

Igualmente, a pesar de todas estas particularidades, los jóvenes generalmente no estructuran clivajes sociopolíticos “nuevos” o que los diferencien de los demás grupos etarios. Donde se presentan con una mayor diferenciación en su agrupamiento es en las

formas de participación: se muestran como más radicales, menos diplomáticos y muy interesados por asegurarse que el cómo sea preciso y responda a sus intereses y/o principios. Aunque no es la opinión compartida por todos, algunos jóvenes lo consideran propio de la falta de experiencia (lo que implicaría aceptar algunas limitaciones pre-existentes):

El hecho de ser joven no te garantiza nada, por el contrario, el ser joven te hace querer llevarte por delante muchas cosas, y no ver que antes que vos llegaras hay atrás otras realidades previas, hay otras construcciones previas. Yo creo que el joven a veces entra con la cabeza muy en alto, entra llevándose el mundo por delante, diciendo ‘acá llegué yo y el mundo empieza hoy’. No, el mundo empezó mucho antes, primero aprendé… hay gente que viene laburando [trabajando] hace muchos, muchos años, muy grossas [importantes]… y que sirven (Luciana, entrevista).

Las diferentes organizaciones (de jóvenes, con jóvenes y para jóvenes) que estudiamos poseen la cualidad de integrarlos de diversas maneras. Algunas “sectorizadamente” (Actuar en Red, Compartir en Foros: La Experiencia del International Youth Parliament), otras por discriminación positiva (Participación por Discriminación Positiva: Inclusión de Mujeres Jóvenes en la esfera Internacional de la YWCA) y la mayoría sin diferenciación. A pesar de que el tipo “sectorizado” de participación es el que mantiene a los jóvenes más aislados del círculo “duro” de la organización, en todos los casos ningún modelo de participación favorece que necesariamente los jóvenes sean lo que los adultos en muchos casos añoran de ellos: el motor del cambio y la innovación. Muchos jóvenes incluso se encuentran insertos en instancias de decisión muy importantes porque justamente no son cuestionadores del statu quo. Por ejemplo, una joven de Rusia responde al preguntársele qué debieran cambiar los jóvenes para poder alcanzar un más alto nivel de influencia y participación:

Yo creo que deben ser menos radicales y más diplomáticos, y tratar de no oponer sus visiones a las de los adultos. Así, habrá más apoyo de los adultos, y será posible tener un más útil resultado (Masha, entrevista electrónica).

Esta visión es una más de tantas posibles, todas ofreciendo alternativas de transformación social diferentes, pero lo que resulta importante –y pocas veces es puesto en discusión entre los expertos en juventud- es el para qué de la participación de las juventudes. Aunque es compleja la afirmación de qué tipo de participación favorece más qué tipo de transformación social, es importante –en un sentido político- hacerse las preguntas que el presidente de la Young Men Christian Association (YMCA) de Argentina formula:

¿Qué jóvenes llegan a posiciones de responsabilidad, de dirección, de protagonismo? ¿Los jóvenes contestatarios o los jóvenes que mejor se adecuan al statu quo de la dirigencia adulta? Este es un interrogante que uno debe hacerse siempre… No sea cuestión que los jóvenes que llegan a posiciones de conducción o de dirección, sean aquellos que ocasionen menos trastornos al statu quo (Norberto Rodríguez, entrevista).

Movimiento social de juventud: ¿es posible la política en clave generacional?

Una de las conclusiones más evidentes de nuestra investigación es que los jóvenes no tienden a agruparse para generar procesos colectivos de representación de intereses “juveniles”. Esta particularidad en la inscripción política de las juventudes (junto con los amplios procesos de transformación sociopolítica) impiden afirmar la existencia de algún tipo de conflicto generacional. La inexistencia de este clivaje como estimulador de una escisión política no es una “patología”, sino más bien un signo de una nueva época.

No es producto de una crisis propia a los jóvenes como actor político la supuesta disociación entre la expectativa social depositada sobre la juventud y su realidad actual. Una realidad de evidente escaso activismo y “falta” de un movimiento social de juventud, generalmente es confrontada a la voluntad de ver en la juventud a un “natural” actor político central-estratégico en un conflicto que se presentaría como generacional. Este error se debe a ignorar la inexistencia de una correlación entre la ubicación de un sujeto en el entramado social y los roles sociales desarrollados similarmente por un conjunto etario; y la manifestación de una identidad y objetivos políticos de algún tipo. La existencia de jóvenes organizados políticamente por diferentes objetivos y bajo diversos meta-relatos (o sin ellos) no hace de este conjunto –por tan sólo pertenecer a una misma franja etaria- un actor político, sino varios (ambientalistas, cristianos, liberales, indigenistas, etc.), los cuales no necesariamente comulgan entre sí. El fin de los meta-relatos meta-prescriptivos no crea nuevas identidades, sino que acentúa diferencias antes consideradas subsidiarias de otras más englobadoras. Sin embargo, es importante reconocer que no por ello estas identidades que emergen se presentarán en la arena pública constituyendo un nuevo clivaje político. Es decir, la juventud puede ser una condición transitoria y común a ciertos grupos, pero siempre son varios sujetos sociales con intereses contradictorios.

A pesar de la complejidad de intereses (o juventudes) en pugna que impiden presuponer la conformación de un actor juvenil único, lo que es posible afirmar es la “… presencia de una sensibilidad juvenil común que uno puede contrastar con otras sensibilidades de otros sectores, que atraviesa a hombres y mujeres, que cambia según el substrato etario, pero que existe…” (Garretón, 2003: 10). Es por ello que la juventud como entidad política colectiva es un constructo repelido por los propios jóvenes, ya que anula la especificidad personal, uniformizando en la masa. Es aquí donde radica el fracaso de los discursos que buscan interpelar universalmente a las juventudes utilizando o no un sustento en los meta-relatos meta-prescriptivos clásicos (como siguen siendo la juventud comunista, la juventud socialista, etc.). Estos intentos de registro universal ignoran que lo que se enfrenta son entidades e intereses múltiples, diversos e imbricados entre sí que no se reconocen (en su inscripción política) como “juventud”. Una vez disueltas las certezas que producían las comunidades de partidos, se han extinguido las pertenencias “fuertes”, y el individuo no se reconoce más como parte de ellas. Como hemos dicho en el capítulo uno (La Condición Juvenil ante las Transformaciones de la Sociedad), y vale la pena recordar aquí, la condición juvenil es una construcción sociocultural, históricamente definida (cambiante y transitoria), producto de procesos de disputa y negociación entre las representaciones externas y las propias del sujeto en dicha condición. Por lo tanto, “ser joven” (lo social) no implica una organización “juvenil” (lo político). La condición juvenil es una más –junto con, por ejemplo, la de mujer, indígena, campesino, cristiano, homosexual, etc.- las cuales combinadas constituyen una “ubicación” del sujeto en una trama mayor de relaciones sociopolíticas en conflicto. Pero, a diferencia de todas estas, la condición juvenil resulta la única transitoria (aunque recurrente).

Aunque –por los resultados obtenidos- es demasiado difícil poder hablar de un movimiento social de juventud (un movimiento integrado sólo por jóvenes luchando por la representación de intereses definidos como juveniles), sí vemos que las juventudes siguen mayormente inscribiéndose colectivamente como estudiantes, y en algunos casos como trabajadores, campesinos, mujeres, gays o indígenas. A pesar de la multiplicidad de intereses contradictorios y formas de participación diversas, esta sensibilidad común al grupo etario –situado relacionalmente en tiempo y espacio- implica un común deseo de estar, de ser escuchados y considerados por los otros en su especificidad (la que nunca debe perder preeminencia frente al colectivo). Para el joven, este reconocimiento debe convivir con el de ser incluido en el agrupamiento como una par (como una persona con capacidades y atributos igualmente valorables). En esta necesidad/ deseo de tener voz y ser reconocido y valorado yace la búsqueda por insertarse identitariamente en un entramado complejo y que lo pre-existe. Si el deseo de ser reconocido y aceptado tiene preeminencia absoluta, puede implicar que la inserción conlleve un bajo o nulo cuestionamiento al statu quo. Sin embargo, el reconocimiento como un sujeto político con voz propia no entraña que lo expresado sea una afirmación de identidad únicamente. En otras palabras, “… los jóvenes no sólo intentan responder a la pregunta ‘¿quién soy yo?’, sino también al interrogante ‘¿a dónde voy?’” (Mische, 1998: 14).

Los jóvenes se presentan en busca de constituirse identitariamente (y por tanto ser reconocidos por los otros), pero simultáneamente buscan redefinir su entorno a fin de establecer nuevas certezas sobre él. De esta manera indagan respuestas (generalmente fragmentadas) sobre el rumbo personal y del mundo (o país). Esta doble inscripción, como reconocimiento y como orientación, es la que puede –bajo ciertas coyunturas- constituir agrupamientos políticos donde los proyectos biográficos interactúen y hasta se fusionen con proyectos colectivos (en un “ida y vuelta”). Entonces, si bajo determinadas circunstancias sujetos diversos pueden constituir actores colectivos, ¿es posible esperar la conformación de una “conciencia generacional” entre sujetos con intereses diversos, pero con sensibilidades comunes?

Como hemos visto en los casos, el hecho de que diferentes sujetos hayan nacido en fechas cercanas, siendo actualmente todos de edades similares, no implica que por ello entre sí coincidan en la experimentación y valoración del contexto social (Mannheim, 1959: 297). No sólo porque las transformaciones en la matriz sociopolítica y la individualización son vividas de maneras diferentes, sino también porque la mera contemporaneidad cronológica no produce una “ubicación generacional común” (Mannheim, 1959: 297). Es imposible, por ejemplo, afirmar que un joven de 19 años con VIH/ SIDA de una zona precaria de los suburbios de Johannesburgo comparta una ubicación generacional con otro de la misma edad, de clase media y estudiante de tiempo completo de Berlín. “La generación como una realidad (…) involucra aún más que una mera co-presencia en una región histórica y social. Un nexo más concreto se necesita para constituir a la generación en una realidad” (Mannheim, 1959: 303). Lo que se requiere es la “… participación en el destino común de la unidad histórica y social [donde habitan o se conciben para sí]” (Mannheim, 1959: 303). Retomando la pregunta reformulada: por lo tanto, ¿es posible que esta participación común produzca una “conciencia generacional” entre los jóvenes?

Considerando las cuatro dimensiones o ejes presentados en el capítulo tres y el que las juventudes están definidas situacionalmente, la respuesta parece radicar en que sólo ante coyunturas críticas –y por momentos acotados- existe el potencial para la emergencia de conciencias grupales, las cuales incluso pueden transitar colectivamente diversas edades. Ejemplos de esto pueden ser el apartheid entre los jóvenes negros urbanos de Sudáfrica o el zapatismo entre los jóvenes indígenas del sur de México (las consecuencias futuras sobre estos últimos jóvenes aún está por verse).

Aunque estas circunstancias excepcionales (que merecen un estudio específico) acontecen esporádicamente y debido a dinámicas que exceden a los propios jóvenes, si el agrupamiento resulta generacional (más escaso aún), generalmente produce una reconceptualización de los clivajes en conflicto, las identidades colectivas y las formas de participación política. Muchas veces esto implica que –mientras los adultos luchan contra ciertos actores- para los jóvenes estos resultan ajenos, viéndose inmersos en conflictos de otro tipo.

En otras palabras, entre las juventudes existen sensibilidades particulares a su condición, sustentadas en vivencias generacionales compartidas. Pero esto –excepto por coyunturas excepcionales- no constituye actores ni proyectos políticos, sino mundos de la vida más cercanos y por tanto códigos y lenguajes compartidos. Igualmente, es común la tendencia a ver “voluntaristamente” en estos códigos y cercanías biográficas una condición para su constitución en sujetos políticos. Lo que –en nuestra opinión- realmente se reproduce con más asiduidad es que estas sensibilidades comunes se traducen en formas de participación con ciertos patrones generales y con un interés central compartido: ser escuchados y reconocidos en su compleja alteridad (su condición de ser único e irreproducible) y unicidad (condición humana).

Si consideramos el nuevo escenario donde se desenvuelven estos sujetos en condición juvenil, lo que resulta esencial es la reformulación de muchas de las pre-concepciones sobre las juventudes y su participación política. Los intentos por forzar el agrupamiento político autoorganizado de jóvenes por la representación de intereses “juveniles” no pareciera ser el rumbo apropiado. Lo que el estudio en profundidad nos indica es que el camino a transitar debiera ser el de resignificar la implicación política de los jóvenes reconociendo toda la complejidad que les es propia. La búsqueda debe enfocarse a insertar al sujeto en el entramado organizacional y social no como un joven, sino como un ser humano con particularidades que deben ser reconocidas. Como dice un joven de las Filipinas: “Empecemos de nuevo. Dejemos de ver a los jóvenes como gente joven, empecemos a ver a los jóvenes como miembros de toda la sociedad…” (David, Panel IYF 14th Annual Meeting, Buenos Aires, octubre de 2004). Este reconocimiento social parece ser el desafío presente de las juventudes en el mundo contemporáneo.

Mots-clés

sciences sociales, sciences politiques, sociologie, jeune, participation populaire, mouvement social, société civile

dossier

La jeunesse en mouvement : formes de participation politique des jeunes

Notes

Esta ficha está tan disponible en francés: La participation et l’engagement de la jeunesse

Source

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MANNHEIM K. (1959) “The Problem of Generations”, en Mannheim, K. (ed.) Essays on the Sociology of Knowledge, Routledge & Kegan Paul: Londres.

MELUCCI A. (1996) « Youth, Time and Social Movements », Young. Nordic Journal of Youth Research, Vol. 3, Núm. 3, Helsinki.

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